MICROUSB


USB, tecnología en crecimiento continuo

Los USB se pueden definir como dispositivos de conexión standard para unir los equipos periféricos, bien para garantizar la transferencia de datos y su almacenamiento, bien para servir de soporte para la carga de energía en los equipos.

La idea original de los USB surgió de una necesidad técnica y de la unión del esfuerzo de siete grandes compañías dedicadas al desarrollo de componentes y equipos electrónicos. La necesidad técnica no fue otra que la de sustituir la creciente variedad de sistemas externos a los ordenadores personales, que aparecían como ranuras y zócalos en las partes posteriores de los equipos, y que amenazaba con reducir el rendimiento operativo de los mismos ordenadores.

Los dispositivos USB pueden hacer conexión con casi cualquiera de los sistemas periféricos que existen en el mercado, desde impresoras a reproductores de medios audiovisuales, pasando por discos duros, unidades flash y, por supuesto, impresoras digitales, cámaras de fotos y de vídeo o teclados y ratones alámbricos o inalámbricos.


Se trata de dispositivos cuyo funcionamiento hoy no se entiende o es inseparable de las posibilidades y ventajas que ofrece la fórmula y los protocolos USB.

Aún más. Los USB nacieron para dar respuesta a las necesidades de almacenamiento y transferencia de datos de los usuarios de ordenadores, pero en una década, las industrias de la tecnología de consumo han hecho suyas todas las excelencias de los formatos USB para adaptarlos al uso y recarga de energía de PDAs, teléfonos de última generación o aparatos para el ocio como las consolas de los videojuegos.

Los últimos datos registrados, pero no los más recientes de última hora, hablan de 6.000 millones de unidades comercializadas, al ritmo de 2.000 millones anuales. Todo un record para unos dispositivos con muy poca vida y desarrollos aún cortos, que nacieron a mediados de la década de los noventa.

Una de las ventajas principales de los dispositivos USB surgen de su lógica técnica. Se trata de elementos que ponen a cargar o a funcionar equipos de manera sencilla, que además de servir de conectores, hacen prescindibles cualquier fuente de alimentación eléctrica, pudiendo operar varios dispositivos sin energía y de manera independiente. Algo que ni remotamente podían realizar siquiera los últimos desarrollos de los viejos puertos paralelos a los que la tecnología USB superó y suplantó.


El primer modelo comercial de USB llegó al mercado en 1996, el llamado USB 1.1 que apenas daba una tasa de transferencia de datos de 12 Mb por segundo, suficiente para empleos muy concretos y mecánicos, con muy pocas exigencias, como por ejemplo los controles de mando de los joysticks de los videojuegos de finales de los años noventa.

Al USB 1.1, le siguió el 2.0, que supuso un salto cualitativo y cuantitativo en el rendimiento operativo de estos dispositivos de conexión. Entre 2000 y 2001, el USB 2.0 ya había logrado tasas de transferencia de datos del orden de 480 Mb por segundo, lo que multiplicaba exponencialmente las capacidades de los 1.0 y 1.1. y abría nuevas posibilidades para los USB y usos mucho más complejos y realmente pegados a lo que el público demandaba o podía pedir en el futuro.

Los últimos desarrollos de los USB han dado nuevas capacidades a esta tecnología. Hablamos de los USB 3.0 que manejan rangos de flujos de datos que se miden en unos pocos gigabytes, pero lo suficientes para desarrollar nuevas aplicaciones en el ámbito de las tecnologías de la comunicación y en el terreno audiovisual con los que no sabemos si debieron contar los primeros diseñadores de los USB 1.0.

El futuro de los USB pasa por duplicar, multiplicar sus capacidades, por el abaratamiento de los productos, por la integración y standarización de los formatos y adaptadores , por la diversificación de usos y por la eficiencia energética.


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